28/2/12

Ante la ley

Ante la ley hay un guardián. Un
campesino se presenta frente a este
guardián, y solicita que le permita
entrar en la Ley. Pero el guardián
contesta que por ahora no puede
dejarlo entrar. El hombre reflexiona y
pregunta si más tarde lo dejarán
entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por
ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta,
como de costumbre; cuando el
guardián se hace a un lado, el hombre
se inclina para espiar. El guardián lo ve,
se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la
prueba de entrar a pesar de mi
prohibición. Pero recuerda que soy
poderoso. Y sólo soy el último de los
guardianes. Entre salón y salón
también hay guardianes, cada uno más
poderoso que el otro. Ya el tercer
guardián es tan terrible que no puedo
mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas
dificultades; la Ley debería ser siempre
accesible para todos, piensa, pero al
fijarse en el guardián, con su abrigo de
pieles, su nariz grande y aguileña, su
barba negra de tártaro, rala y negra,
decide que le conviene más esperar. El
guardián le da un escabel y le permite
sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas
veces entrar y fatiga al guardián con
sus súplicas. Con frecuencia el
guardián conversa brevemente con él,
le hace preguntas sobre su país y
sobre muchas otras cosas; pero son
preguntas indiferentes, como las de los
grandes señores, y, finalmente siempre
le repite que no puede dejarlo entrar.
El hombre, que se ha provisto de
muchas cosas para el viaje, sacrifica
todo, por valioso que sea, para
sobornar al guardián. Este acepta
todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has
omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre
observa casi continuamente al
guardián: se olvida de los otros y le
parece que éste es el único obstáculo
que lo separa de la Ley. Maldice su
mala suerte, durante los primeros años
audazmente y en voz alta; más tarde, a
medida que envejece, sólo murmura
para sí. Retorna a la infancia, y como
en su cuidadosa y larga contemplación
del guardián ha llegado a conocer
hasta las pulgas de su cuello de piel,
también suplica a las pulgas que lo
ayuden y convenzan al guardián.
Finalmente, su vista se debilita, y ya no
sabe si realmente hay menos luz, o si
sólo lo engañan sus ojos. Pero en
medio de la oscuridad distingue un
resplandor, que surge inextinguible de
la puerta de la Ley. Ya le queda poco
tiempo de vida. Antes de morir, todas
las experiencias de esos largos años se
confunden en su mente en una sola
pregunta, que hasta ahora no ha
formulado. Hace señas al guardián
para que se acerque, ya que el rigor de
la muerte comienza a endurecer su
cuerpo. El guardián se ve obligado a
agacharse mucho para hablar con él,
porque la disparidad de estaturas
entre ambos ha aumentado bastante
con el tiempo, para desmedro del
campesino.
-¿Qué quieres saber ahora?-pregunta
el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley
-dice el hombre-; ¿cómo es posible
entonces que durante tantos años
nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre
está por morir, y para que sus
desfallecientes sentidos perciban sus
palabras, le dice junto al oído con voz
atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta
entrada era solamente para ti. Ahora
voy a cerrarla.
Franz Kakfa (Checoslovaquia:
1883-1924)