13/10/13

La cena del Sol, la Luna y el Viento

Un día, el Sol, la Luna y el Viento
fueron a comer con sus tíos el Trueno
y el Relámpago y su madre, una de
las más brillantes estrellas del
firmamento, esperaba sola su regreso.
El Viento y el Sol eran muy glotones y
se lo comieron todo, sin guardar nada
para su madre. Pero la suave Luna no
se olvidó de ella. De cada cosa que le
servían guardaba un poco en sus
bolsillos, a fin de que la madre
pudiera probar lo que ellos comían.
Al volver los tres a casa, su madre,
que les había estado esperando toda
la noche, les preguntó:
– ¿Qué me habéis traído del
banquete?
– Yo no he traído nada para ti -dijo el
Sol, que era el mayor de todos –. Fui
a divertirme, no a divertirte a ti,
mamá.
– Yo tampoco he traído nada –
contestó el Viento –. No era lógico
que os reservase nada cuando ni
siquiera para mí hubo bastante.
Pero la Luna dijo alegremente:
– Mamá, trae un plato y te pondré en
él lo que te he traído. Y cuando tuvo
ante ella el plato, la Luna depositó lo
que había guardado en sus bolsillos.
La Estrella se volvió entonces hacia el
Sol y le dijo:
– Ya que sólo has pensado en ti, sin
acordarte para nada de tu madre, te
maldigo y de ahora en adelante, tus
rayos lo abrasarán todo, y la gente te
odiará y en cuanto aparezcas se
cubrirá la cabeza.
(Y por eso el Sol hace sudar y quema
la piel.)
Volviéndose al Viento, la Estrella
continuó:
– Tú también te olvidaste de tu
madre. Desde hoy, soplarás siempre
con fuerza, arrancarás los árboles y la
gente te maldecirá constantemente.
(Y es por eso que el Viento es
siempre desagradable.)
Dicho esto, la Estrella se volvió hacia
la Luna y con voz suave le dijo:
– Tú has sido buena hija, y desde
este momento, serás el astro más
dulce, hermoso y plácido. Los
hombres te contemplaran
amorosamente, y los poetas no
cesarán en el curso de los siglos, de
cantarte alabanzas.
(Y por eso la Luna es tan hermosa y
sus rayos nos fascinan.)

Cuento anónimo de la India

Imagen: Sea at Night, David Burliuk
(1882–1967)