9/10/13

Un niño judío

La tristeza de esta historia, la del
niño judío Richard Frenkel, de poco
más de dos años, que fue deportado
a Auschwitz completamente solo, no
tiene fin. Su breve existencia es un
pequeño ejemplo, uno entre millones,
de la represión nazi. ABC publicaba
ayer los resultados del estudio más
amplio hecho sobre el Holocausto,
que multiplica por tres las
consecuencias de la criminal
planificación que provocó entre 15 y
20 millones de víctimas. Los campos,
guetos y lugares de detención,
tortura y asesinato sumaron más de
42.000, según las nuevas estadísticas
documentadas por el Museo Memorial
del Holocausto de Washington.
Quien ha rescatado la historia de este
niño y su familia del olvido es el Yad
Vashem, el Lugar de los Nombres, el
museo con una de las más difíciles
misiones del mundo: mantener viva
la memoria y los nombres de aquellos
que el huracán de odio nazi trató de
borrar. Richard Frenkel era un niño
hermoso, que había nacido en un
mundo en guerra, en 1940, de una
pareja formada por Nissan Frenkel y
Ester Horonczyk. En sus ojos brillaba
una esperanza. En la página web de
Yad Vashem hay una exposición
online que ha reunido todas las
pistas y fragmentos que su pequeña y
valiosa vida dejó, siguiendo el destino
de sus padres.
La historia arranca en Polonio donde
vivían los Horonczyk. A la muerte de
la madre de Esther, decidieron probar
una nueva vida y viajaron a París,
donde fundaron una floreciente
sastrería y ampliaron la familia. Sin
embargo, allí les atropellaría la
guerra. La represión los destrozó más
allá de lo que nadie, y mucho menos
ellos, hubiera podido imaginar.
De la gran familia Horonczyk, apenas
se salvaron unas pocas vidas
En medio del torbellino de
detenciones y deportaciones que
siguieron a la invasión nazi de
Francia, casi toda la familia acabó
recluida en centros de detención y de
tránsito como los de Drancy y
Pithiviers. Centros que son solo dos
de esos 42.500 documentados ahora
por el nuevo estudio de Washington y
desde donde tantos fueron
conducidos a la muerte. Allí, en suelo
francés, con mayor o menor rapidez,
el destino fue cebándose con miles
de vidas. De toda la amplia familia
de los Horonczyk que había viajado a
París, apenas se terminó salvando
una de las tías de Richard, el niño de
nuestra historia: se trata de Leah, la
hermana de Esther, su hijo Raphael y
su marido Solomon. Solo ellos.
Su padre, Nissan, murió junto a dos
cuñados en Auschwitz
Solomon sí pudo escapar de
Pithiviers, ponerse a salvo en un
pequeño pueblo junto a su esposa e
hijo y tener, después de la guerra
otros dos hijos gemelos. No tuvo la
misma suerte Nissan Frankel, el padre
de Richard y esposo de Esther, quien
vio interrumpida su feliz vida. En
cuestión de semanas, Nissan fue
deportado a Beaune-la-Rolande y de
allí, en junio de 1942 a Auschwitz,
donde fue asesinado, junto a dos de
sus cuñados que viajaban en el
mismo transporte.
Y llegó el día que detuvieron a Esther
y a su hijo Richard de tan solo 2
años. Fue el 17 de julio de 1942, y
toda la familia lo supo por Fanny
Korman, una prima de Richard, de 6
años de edad, que fue corriendo a
decirlo a casa de los Horonczyk. El
abuelo, Shimon, bajó a la calle, nada
más conocer la noticia y suplicó a los
policías franceses que le detuviesen a
él en lugar de a su nieto. Los agentes
le espetaron que esperase unos días,
que vendrían a por él. Y así fue.
Trasladado a Pithiviers, y luego a
Drancy, fue deportado a Sobibor, uno
de los campos de la muerte, donde
fue asesinado.
No es difícil imaginar la angustia de
su madre, obligada a abandonarle,
Esther y su hijo estuvieron poco
tiempo juntos en Pithiviers. El 7 de
agosto, ella fue obligada a subir a un
infame vagón con destino al infierno
de Auschwitz. No es difícil imaginar
su angustia al ser forzada a
abandonar a su hijo, con poco más
de dos años. Completamente
desamparado, Richard compartía su
penoso destino con otros 1.800 niños
cuyos padres habían salido ya
amontonados como ganado en los
trenes hacia las cámaras de gas.
Asomarnos a la angustia de ese niño,
y multiplicarlo por los otros 1.800
infantes que allí esperaban junto a
él, hace que nuestra imaginación pise
cristales.
Última carta, arrojada desde el tren
El Yad Vashem conserva un trozo de
papel que Esther Frenkel alcanzó a
arrojar desde el interior del vagón.
Una cuartilla amarillenta escrita con
lapiz y palabras caóticas, las más
angustiosas palabras que una madre
haya escrito jamás. Dice así:
"Queridos míos: ayer en el último
minuto me llamaron para el traslado.
Me han subido al tren. Y no sé que
ha sido de mi Richard. Él está todavía
en Pithiviers. ¡¡¡Salvad a mi niño, a
mi bebé inocente!!! Cómo estará
llorando. Nuestro sufrimiento no es
nada. Salvad a mi Richard, a mi
pequeño querido. Yo no puedo
escribir. Mi corazón, mi Richard, mi
vida, está lejos, y nadie le está
protegiendo, a mi pequeño de dos
años. ¡Morir, deprisa, oh niño mío!
Devolvedme a mi Richard. Esther"
El tiempo debió pasar demasiado
lento para el niño
Deprisa... tal vez sea la palabra. Pero
el tiempo debió pasar demasiado
lento para el niño, los días velados
por las lágrimas, entre desconocidos,
perdido en aquel lugar de un mundo
en guerra. Hasta que llegó el 15 de
agosto y Richard sufrió otra mudanza.
De Pithiviers a Drancy. Allí otra vez la
espera, sintiéndose de nuevo perdido,
quien sabe si a lo mejor ajeno a su
triste destino.
Deprisa el tiempo, demasiado
deprisa, consumía su pequeña vida,
ahogada en aquel mar violento. El 10
septiembre, unas pocas semanas,
nada más, desde su llegada a Drancy,
y sin que hubiera podido encontrar a
nadie conocido, Richard Frenkel subió
al tren que le llevaba a término.
Ya no tuvo ni una oportunidad al
llegar a Auschwitz
Aquel fatídico transporte 31 llevaba a
Auschwitz a mil personas.
Amontonados en vagones de ganado
después de mil penurias. Entre ellos,
todos extraños y todos hermanos,
viajaban 171 niños. Entre ellos,
perdido, el pequeño Richard Frankel.
Ya no tuvo ni una oportunidad. De
todo el transporte solo 380 personas
pasaron la selección que les
concedería un epílogo mísero de
esclavos. El resto fueron directamente
a la cámara de gas.
Presa del terror, desnudo,
desorientado, girando en la oscuridad
de un odio incomprensible, buscando
tal vez calor entre los famélicos
cuerpos de cientos de extraños, en el
sitio exacto en el que habían caído
asesinados su padre, primero, y su
madre, después; llegó allí, presa de
la misma angustia, una angustia de
plomo para un niño tan pequeño,
cuando las duchas exhalaron su
veneno y se llevaron su vida.