16/11/13

SAN JORGE Y EL DRAGÓN

En cierta ocasión llegó San Jorge a
una ciudad llamada Silca, en la
provincia de Libia. Cerca de la
población había un lago tan grande
que parecía un mar donde se
ocultaba un dragón de tal fiereza y
tan descomunal tamaño, que tenía
atemorizadas a las gentes de la
comarca, pues cuantas veces
intentaron capturarlo tuvieron que
huir despavoridas a pesar de que
iban fuertemente armadas. Además,
el monstruo era tan sumamente
pestífero, que el hedor que despedía
llegaba hasta los muros de la ciudad
y con él infestaba a cuantos trataban
de acercarse a la orilla de aquellas
aguas. Los habitantes de Silca
arrojaban al lago cada día dos ovejas
para que el dragón comiese y los
dejase tranquilos, porque si le
faltaba el alimento iba en busca de
él hasta la misma muralla, los
asustaba y, con la podredumbre de
su hediondez, contaminaba el
ambiente y causaba la muerte a
muchas personas.
Al cabo de cierto tiempo los
moradores de la región se quedaron
sin ovejas o con un número muy
escaso de ellas, y como no les
resultaba fácil recebar sus cabañas,
celebraron una reunión y en ella
acordaron arrojar cada día al agua,
para comida de la bestia, una sola
oveja y a una persona, y que la
designación de ésta se hiciera
diariamente, mediante sorteo, sin
excluir de él a nadie. Así se hizo;
pero llegó un momento en que casi
todos los habitantes habían sido
devorados por el dragón. Cuando ya
quedaban muy pocos, un día, al hacer
el sorteo de la víctima, la suerte
recayó en la hija única del rey.
Entonces éste, profundamente
afligido, propuso a sus súbditos:
-Os doy todo mi oro y toda mi plata y
hasta la mitad de mi reino si hacéis
una excepción con mi hija. Yo no
puedo soportar que muera con
semejante género de muerte.
El pueblo, indignado, replicó:
-No aceptamos. Tú fuiste quien
propusiste que las cosas se hicieran
de esta manera. A causa de tu
proposición nosotros hemos perdido a
nuestros hijos, y ahora, porque le ha
llegado el turno a la tuya, pretendes
modificar tu anterior propuesta. No
pasamos por ello. Si tu hija no es
arrojada al lago para que coma el
dragón como lo han sido hasta hoy
tantísimas otras personas, te
quemaremos vivo y prenderemos
fuego a tu casa.
En vista de tal actitud el rey comenzó
a dar alaridos de dolor y a decir:
-¡Ay, infeliz de mí! ¡Oh, dulcísima hija
mía! ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo
alegar? ¡Ya no te veré casada, como
era mi deseo!
Después, dirigiéndose a sus
ciudadanos les suplicó:
-Aplazad por ocho días el sacrificio de
mi hija, para que pueda durante ellos
llorar esta desgracia.
El pueblo accedió a esta petición;
pero, pasados los ocho días del plazo,
la gente de la ciudad trató de exigir
al rey que les entregara a su hija
para arrojarla al lago, y clamando,
enfurecidos, ante su palacio decían a
gritos:
-¿Es que estás dispuesto a que todos
perezcamos con tal de salvar a tu
hija? ¿No ves que vamos a morir
infestados por el hedor del dragón
que está detrás de la muralla
reclamando su comida?
Convencido el rey de que no podría
salvar a su hija, la vistió con ricas y
suntuosas galas y abrazándola y
bañándola con sus lágrimas, decía:
-¡Ay, hija mía queridísima! Creía que
ibas a darme larga descendencia, y
he aquí que en lugar de eso vas a
ser engullida por esa bestia. ¡Ay,
dulcísima hija! Pensaba invitar a tu
boda a todos los príncipes de la
región y adornar el palacio con
margaritas y hacer que resonaran en
él músicas de órganos y timbales. Y
¿qué es lo que me espera? Verte
devorada por ese dragón. ¡Ojalá, hija
mía, -le repetía mientras la besaba-
pudiera yo morir antes que perderte
de esta manera!
La doncella se postró ante su padre y
le rogó que la bendijera antes de
emprender aquel funesto viaje.
Vertiendo torrentes de lágrimas, el
rey la bendijo; tras esto, la joven
salió de la ciudad y se dirigió hacia
el lago. Cuando llorando caminaba a
cumplir su destino, san Jorge se
encontró casualmente con ella y, al
verla tan afligida, le preguntó la
causa de que derramara tan copiosas
lágrimas.
La doncella le contestó:
-¡Oh buen joven! ¡No te detengas!
Sube a tu caballo y huye a toda
prisa, porque si no también a ti te
alcanzará la muerte que a mí me
aguarda.
-No temas, hija –repuso san Jorge-;
cuéntame lo que te pasa y dime qué
hace allí aquel grupo de gente que
parece estar asistiendo a algún
espectáculo.
-Paréceme, piadoso joven –le dijo la
doncella- que tienes un corazón
magnánimo. Pero, ¿es que deseas
morir conmigo? ¡Hazme caso y huye
cuanto antes!
El santo insistió:
-No me moveré de aquí hasta que no
me hayas contado lo que te sucede.
La muchacha le explicó su caso, y
cuando terminó su relato, Jorge le
dijo:
-¡Hija, no tengas miedo! En el nombre
de Cristo yo te ayudaré.
-¡Gracias, valeroso soldado! –replicó
ella- pero te repito que te pongas
inmediatamente a salvo si no quieres
perecer conmigo. No podrás librarme
de la muerte que me espera, porque
si lo intentaras morirías tú también;
ya que yo no tengo remedio, sálvate
tú.
Durante el diálogo precedente el
dragón sacó la cabeza de debajo de
las aguas, nadó hasta la orilla del
lago, salió a tierra y empezó a
avanzar hacia ellos. Entonces la
doncella, al ver que el monstruo se
acercaba, aterrorizada, gritó a Jorge:
-¡Huye! ¡huye a toda prisa, buen
hombre!
Jorge, de un salto, se acomodó en su
caballo, se santiguó, se encomendó a
Dios, enristró su lanza, y, haciéndola
vibrar en el aire y espoleando a su
cabalgadura, se dirigió hacia la bestia
a toda carrera, y cuando la tuvo a su
alcance hundió en su cuerpo el arma
y la hirió. Acto seguido echó pie a
tierra y dijo a la joven:
-Quítate el cinturón y sujeta con él al
monstruo por el pescuezo. No temas,
hija; haz lo que te digo.
Una vez que la joven hubo amarrado
al dragón de la manera que Jorge le
dijo, tomó el extremo del ceñidor
como si fuera un ramal y comenzó a
caminar hacia la ciudad llevando tras
de sí al dragón que la seguía como si
fuese un perrillo faldero. Cuando
llegó a la puerta de la muralla, el
público que allí estaba congregado, al
ver que la doncella traía a la bestia,
comenzó a huir hacia los montes
dando gritos y diciendo:
-¡Ay de nosotros! ¡Ahora sí que
pereceremos todos sin remedio!
San Jorge trató de detenerlos y de
tranquilizarlos.
-¡No tengáis miedo! –les decía-. Dios
me ha traído hasta esta ciudad para
libraros de este monstruo. ¡Creed en
Cristo y bautizaos! ¡Ya veréis cómo yo
mato a esta bestia en cuanto todos
hayáis recibido el bautismo!
Rey y pueblo se convirtieron y,
cuando todos los habitantes de la
ciudad hubieron recibido el bautismo
San Jorge, en presencia de la
multitud, desenvainó su espada y con
ella dio muerte al dragón, cuyo
cuerpo, arrastrado por cuatro parejas
de bueyes, fue sacado de la
población amurallada y llevado hasta
un campo muy extenso que había a
considerable distancia.
Veinte mil hombres se bautizaron en
aquella ocasión. El rey, agradecido,
hizo construir una iglesia enorme,
dedicada a Santa María y a San Jorge.
Por cierto que al pie del altar de la
citada iglesia comenzó a manar una
fuente muy abundante de agua tan
milagrosa que cuantos enfermos
bebían de ella quedaban curados de
cualquier dolencia que les aquejase.
Igualmente, el rey ofreció a Jorge una
inmensa cantidad de dinero que el
santo no aceptó, aunque sí rogó al
monarca que distribuyese la fabulosa
suma entre los pobres.