3/8/12

ISADORA DUNCAN.- LA BAILARINA REBELDE

"Una vez fuiste salvaje. ¡No permitas
que te domestiquen!"
"Nací a la orilla del mar. Mi primera
idea del movimiento y de la danza me
ha venido seguramente del ritmo de
las olas..."
(San Francisco, 1878 - Niza, 1927) Hija
de un matrimonio desunido y
finalmente divorciado, Isadora se sintió
muy pronto impulsada hacia el baile. A
los diez años abandonó la escuela
para dedicarse a su pasión y a los
diecisiete se dirigió a Nueva York,
donde se incorporó a la compañía de
Agustin Daly. Pero al actor y
empresario no acabaron de
convencerlo los experimentos e
innovaciones que Isadora le proponía
continuamente, deseosa de llevar a la
práctica un nuevo método de
interpretar plásticamente poemas por
medio de la improvisación, que había
concebido ya por aquel entonces.
Sintiéndose infeliz, la Duncan
abandonó la compañía dos años más
tarde y partió con su familia hacia
Inglaterra, donde se proponía estudiar
los movimientos de la danza antigua
en los jarrones griegos del Museo
Británico. Fue una época de formación,
de lecturas entusiastas y de ensayo de
nuevas danzas; en busca, sobre todo,
de nuevos cauces para la expresión
coreográfica y de sendas alternativas
para profundizar cada día más en su
arte.
Los éxitos comenzaron a llegar de
forma inmediata. Con un estilo basado
en la danza de la Antigua Grecia, dio
una serie de recitales en Londres que
despertaron el entusiasmo hacia su
persona. La prensa declaraba: "En esta
época actual de elaboración y
artificialidad, el arte de la señorita
Duncan es como un soplo de aire puro
procedente de la parte más alta de una
montaña poblada de pinos, refrescante
como el ozono, bello y verdadero
como el cielo azul, natural y genuino.
Es una imagen de belleza, alegría y
abandono, tal como debió ser cuando
el mundo era joven y hombres y
mujeres bailaban al sol movidos por la
simple felicidad de existir."
Efectivamente, Isadora Duncan
afirmaba que el baile debía ser una
prolongación de los movimientos
naturales del cuerpo, que ella
consideraba hermosos y bastante más
bellos que los que efectuaban los
bailarines clásicos, a los que tildaba de
forzados y antinaturales; por ello, se
negaba a constreñir los pies en las
zapatillas de baile. Sentía una
admiración estética por la belleza del
cuerpo humano, influida por los
cánones de las estatuas y pinturas de
la Grecia clásica. Su método
coreográfico era una especie de
filosofía basada en el convencimiento
de que el baile ponía al individuo en
comunicación armónica con el ritmo
intrínseco de la naturaleza y los
cuerpos celestes.
A partir de ese momento, Isadora no
dejó de viajar, reclamada por los
mejores teatros de Europa. En París se
imbuyó del espíritu de Rodin y de
Bourdelle. Más tarde descubrió Italia y
el Renacimiento, y se embelesó con el
leve y sutil Botticelli, cuya influencia en
su arte es palmaria a partir de aquellos
años. Por fin, en 1902, realizó uno de
sus sueños: viajar a Grecia y peregrinar
a las fuentes del arte de Occidente.
Cerca de Atenas, en la colina de
Kopanos, comenzó a construir un
templo consagrado a la danza, pero
los ingresos percibidos por sus giras
se revelaron insuficientes para cubrir
los gastos y la empresa hubo de
abandonarse.
Con motivo de su primer viaje a San
Petersburgo, en 1905, la ya entonces
famosa Isadora fue invitada por la no
menos célebre bailarina rusa Anna
Pavlova a visitar su estudio. Allí tuvo el
privilegio de contemplar a la gran diva
realizando sus ejercicios.
Sin embargo siempre estuvo en
completo desacuerdo con las más
antiguas normas del ballet ya que
concebía la danza como un
sacerdocio, como una forma sublime
de emoción espiritual y como una
liturgia en la que alma y cuerpo debían
ser arrastrados por la música para
transformarse en puro arte.
Para Isadora, era el amor a la
naturaleza y a la vida lo que había de
transmitirse a través del movimiento,
siguiendo el ejemplo de las nubes, el
mar o las copas de los árboles mecidas
por el viento. Enemiga del ballet, al
que consideraba un género falso y
absurdo, manifestó que la danza debe
establecer una armonía calurosa entre
los seres y la vida y no ser tan sólo una
diversión agradable y frívola. Danzaba
descalza, con una simple túnica griega
de seda transparente sobre su cuerpo
desnudo, como una sacerdotisa
pagana transportada por el ritmo. Hoy
es considerada la iniciadora de la
modern dance norteamericana y su
figura es evocada con fervor en todos
los escenarios del mundo.
Durante esos años, las más
importantes ciudades europeas
pudieron extasiarse ante la nueva
estrella, a la que llamaron "la ninfa".
En todos lados tuvo amigos pintores,
poetas e intelectuales y estuvo
rodeada de admiradores que
deseaban conocerla. Apasionada,
bellísima y maravillosa, ejercía un
poder de seducción irresistible entre
cuantos la rodeaban. Se comenzó a
asociar muchos nombres masculinos
con el de Isadora, y pronto nacería la
leyenda de un maleficio que parecía
emanar de su persona y abatirse sobre
todos los seres a los que entregaba su
amor, un maleficio que acabaría de
forma terrible con su propia vida.
La primera "víctima" fue el polaco Iván
Miroski, consumido por unas fiebres
malignas poco después de separarse
de Isadora. Luego, extraños percances
y desapariciones salpicaron sus
relaciones con sus amantes, fuesen
ocasionales o duraderos. En 1913, la
oscura influencia se cebó en sus
propios hijos, Deirdre y Patrick, cuando
Isadora estaba triunfando en París.
Un día, agobiada por los ensayos,
confió los niños a la institutriz para
que los llevara en automóvil a
Versalles. Ella misma relata que quizás
tuvo un presagio del drama: "Al
dejarlos en el coche, mi Deirdre colocó
los labios contra los cristales de la
ventanilla; yo me incliné y besé el vidrio
en el sitio mismo donde ella tenía
puesta la boca. Entonces, el frío del
cristal me produjo una rara impresión
e hizo que me recorriese un
estremecimiento". Minutos después, el
auto bordeaba el Sena y, al girar para
cruzar uno de sus puentes, los frenos
no respondieron a la voluntad del
chófer.
El coche se precipitó en las oscuras
aguas y los dos niños perecieron
ahogados. la bailarina anuló todos sus
compromisos y decidió interrumpir su
carrera, dedicándose por entero a la
enseñanza y tratando de olvidar su
desgracia sumergiéndose en un
trabajo agotador.
Con el inicio de nuevas
peregrinaciones volvieron los
romances. En la Unión Soviética
conoció a Sergei Esenin, poeta y cantor
oficial de la Revolución de 1917, y se
entusiasmó con el ambiente pletórico
de ilusiones que se respiraba en el país
y que Sergei encarnaba a la perfección.
Esenin se enamoró locamente de
Isadora y consiguió que ésta
renunciara a su propósito,
repetidamente afirmado, de no
contraer matrimonio.
Pero su unión resultó catastrófica.
Después de viajar por Europa y
Estados Unidos, Sergei se hundió en
una profunda apatía originada por una
fase de infecundidad creativa que
achacaba al hecho de vivir lejos de su
patria. Lo cierto es que cuando el
matrimonio regresó a Moscú, el poeta
continuó en el mismo estado y se
sumergió de forma imparable en la
misantropía y el alcoholismo.
Medio loco, su comportamiento
empezó a ser escandaloso hasta para
la propia Isadora. Esenin
acostumbraba a desaparecer dejando
tras de sí un rastro de botellas vacías y
muebles rotos. La paciencia de "la
ninfa" llegó al límite. A finales de 1924,
Isadora, ya divorciada, abandonó la
Unión Soviética. Un año más tarde
supo, por la noticia publicada en los
periódicos, que su ex marido se había
quitado la vida.
La aventura rusa de la Duncan no sólo
terminó en fracaso desde el punto de
vista sentimental. Si bien al principio se
había compenetrado a la perfección
con sus interlocutores, entusiasmados
con la idea de poner en marcha su
Escuela de Danza Futura, más tarde
esta iniciativa no fue bien acogida por
ciertos dirigentes soviéticos que ya
empezaban a mostrar los síntomas del
anquilosamiento burocrático que luego
sería proverbial en el sistema
comunista.
De regreso a Europa, tampoco los
empresarios capitalistas parecieron
entusiasmarse con sus proyectos.
Además, sus opiniones ateas, su
actitud favorable hacia la Revolución
Rusa y su evidente aceptación del
amor libre no eran cualidades que la
opinión pública occidental, a la
defensiva después de la eclosión
comunista, valorase positivamente.
Isadora decidió volver a los escenarios
y ofreció una serie de recitales que
resultaron un fracaso; el público
fidelísimo que hasta la muerte de sus
hijos la había llevado en volandas
comenzó a fallarle; las salas la
recibieron semivacías, silenciosas y
heladas. Isadora se refugió en Niza,
donde terminó su autobiografía y
preparó El arte de la danza, libro en el
que pretendía ofrecer una síntesis de
sus enseñanzas.
Se encontraba absorbida por esta
tarea cuando, el miércoles l4 de
septiembre de 1927, decidió tomarse
un respiro y dar un paseo en su
Bugatti. El dramático accidente tuvo
lugar cuando el automóvil recorría
veloz la Promenade des Anglais