2/4/13

Alter Ego

-Señor: Aquí está su Alter Ego. Tenga
la bondad de firmar el
comprobante.
Demetrio abrió el estuche y
retrocedió maravillado: allí estaba
él, los brazos pegados al cuerpo, en
la más completa desnudez e
inmovilidad. Si la posición erguida
no fuese la menos apropiada para
un durmiente, lo habría despertado;
tan naturales parecían el color de la
piel, las arrugas que empezaban a
esbozarse alrededor de los ojos, los
labios delgados y la despejada
frente. El pelo liso, peinado
cuidadosamente, como el de su
doble humano.
Cogió la caja de control y,
guiándose por el catálogo, puso en
marcha al títere. Caminaba con
soltura y naturalidad, sin los
movimientos grotescos que
caracterizaban a los autómatas del
pasado, como si poseyese huesos,
músculos, nervios y los demás
órganos de un ser natural. Demetrio
lo hizo practicar los actos
elementales: sentarse, vestirse,
encender un cigarrillo, rascarse una
oreja. Si los propietarios de los
títeres quieren disfrutar de ellos -
decía el manual de instrucciones-,
necesitan estudiarse
concienzudamente a sí mismos, por
lo menos en cuanto a su mímica,
gestos, manera de andar, etc.
Demetrio, ya perito en la
conducción de su doble, se colocó
el casco introyectador. Por un
instante sus ojos parpadearon en las
tinieblas. Pero una vez abierto el
interruptor ocular, recuperó la
vista: la sala de estar se presentaba
tal como si la estuviese observando
desde otro ángulo. ¿Qué ocurriría?
Sencillamente empezaba a ver por
los ojos del títere. Alter Ego, parado
en el centro de la habitación, vuelto
hacia la entrada, pestañeaba con
naturalidad: los instrumentos
movían sus párpados sintéticos cada
vez que Demetrio lo hacía. El
hombre presionó una tecla, y el
sosia dio media vuelta: pudo verse a
sí mismo en el sillón, cubierta la
cabeza con la escafandra, los
controles sobre las rodillas. Una vez
abierto el canal auditivo, no le cupo
duda que se había trasladado al
centro de la pieza: escuchaba los
ruidos de la ciudad y los producidos
por los cambios de postura en el
asiento. Y el olfato. Cómo respirar a
través de un Alter Ego. Los
odorófonos transmitían las
sensaciones del aire aspirado desde
otro lugar. Probó la voz de su
duplicado: en cuanto Alter Ego abrió
la boca, Demetrio se escuchó a sí
mismo hablándose desde el medio
del cuarto:
-¿Cómo estás, Demetrio? Has nacido
de nuevo. ¿Verdad que te sientes
como el pez al que se le ha
cambiado el agua del acuario?
Demetrio se escuchó complacido.
Hizo caminar a Alter Ego por la sala,
lo condujo a una ventana y,
asomado a ella, contempló la cuidad
que fulgía bajo un cielo ardiente,
salpicado de helicópteros. Todo
parecía más bello que cuando lo
miraba con sus propios ojos; más
azul y brillante el firmamento; de
colores más alegres y definidos los
rascacielos. Sí: Alter Ego le mostraba
la verdadera realidad de las cosas.
Las sensaciones que el sosia le
transmitía del mundo lo
embargaron de una súbita paz con
la humanidad. Revivieron en su
imaginación las emociones de
juventud, aquellas que los años
fueron esfumando hasta convertirlas
en tenues imágenes, voluntaria o
involuntariamente olvidadas. Pero
ahora sentíase poseído de un
extraño valor para recordar. Podía
mirar con serenidad su vida,
rememorar sus pensamientos
juveniles; cuánto había
ambicionado; cómo poco a poco
fue renunciando a lo que más
amaba para poder labrarse una
situación.
-¿Recuerdas cuando quisiste ser
actor y representar al "Emperador
Jones"? ¿Cómo durante meses
anduviste obsesionado con los
monólogos del negro? ¿Cómo le
hacías el amor a Valentina, la chica
que asistía contigo a las clases de
teatro, y que te estimulaba porque
creía en ti?
Alter Ego hablaba con una voz
impostada, potente, y su mímica
revelaba al hombre poseedor de una
cierta experiencia teatral. Encendió
un cigarrillo, aspiró una bocanada
de humo y la expulsó en un delgado
chorro. Se detuvo frente a un
retrato donde él, Demetrio, en su
escritorio de trabajo, rodeado de
propaganda, carteles, panfletos,
avisos, sonreía satisfecho.
-Nada de malo tiene vender
dentífricos, menos cuando se trata
de un buen producto, elaborado a
conciencia, y que, después de todo,
cumple una función social: ofrecer
una dentadura blanca y un aliento
perfumado. Aplicaste a tus
actividades aquella respuesta dada
por Jones a Smither: "¿Acaso el
hombre no es grande por las cosas
grandes que dice, siempre que se las
haga creer a la gente?"Cosa que
lograste como vendedor. Pero lo
malo fue que tú nunca creíste en las
cosas grandes que decía Demetrio,
el exitoso vendedor.
Alter Ego dio una larga chupada y
contempló, a través de la nubecilla
azul, al hombre que descansaba en
la poltrona, oculto el rostro bajo en
introyectador. ¡Maravillas de la
electrónica! Los papilófonos
transmitían el sabor del humo y su
leve temperatura.
-Fumar por control remoto... ¡Qué
gran ventaja para los hombres
prácticos de ahora, que todo lo
tratan de hacer sin comprometerse
demasiado! Se experimentan las
mismas sensaciones del fumador sin
correr ninguno de sus riesgos. El
principio hedonístico plenamente
realizado.
Alter Ego abrió un antiguo armario,
y se volvió hacia Demetrio con una
sonrisa indefinible.
-Una pieza de museo, al igual que
tantos hombres. ¿No son, al fin y al
cabo, la mayoría de los hombres de
hoy piezas de museo? Para empezar,
son incapaces de realizarse a sí
mismos. Todos se quedan a medio
camino. Y tú no eres la excepción:
querías ser actor, pero terminaste
vendiendo dentífricos: era más
provechoso. Abandonaste a
Valentina porque era humilde, sin
ambiciones. Tuviste amigos,
verdaderos amigos, con los cuales
se podía conversar sobre muchas
cosas inútiles... ¿Inútiles? Tus
nuevos conocidos solamente
entienden el lenguaje económico.
"¿Eso produce dinero?", te
preguntan cuando, ingenuo, tratas
de sacarlos de su cómodo carril,
mostrándoles tu mundo interior,
donde las inquietudes comienzan a
enmohecer con la fatal resignación
del metal corroído por los óxidos.
Aprendiste, sí, a hablar como ellos.
¡No mejor que ellos! En ese mundo
no existe la jerarquía.
Alter Ego terminó de fumar: apagó
el cigarrillo con un gesto teatral y,
enfrentando a Demetrio, lo señaló,
acusador.
-Y ahora, ¿te servirá tu doble
mecánico para lo que no te atreves
a hacer con tus propias manos?
El títere se quedó inmóvil, mirando
el casco hermético. Un denso
silencio flotaba en la habitación.
Brillaron los ojos de cristal. Luego,
lentamente, Alter Ego se volvió al
estante, que aún permanecía
abierto. Su mirada se endureció.
Sacó una pistola. La examinó con
aire crítico y, avanzando hacia el
hombre con curiosa solemnidad,
como quien camina por el interior
de un templo donde se lleva a cabo
la consumación de algún rito, le
quitó el seguro al arma.
-El hombre es el supremo inventor.
Ha creado estas armas para matar
hombres, y a los sosias, para
juzgarse a sí mismo. -Agregó
secamente, al cabo de una brevísima
pausa-: El ciclo se ha cerrado.
Apuntó cuidadosamente a la inmóvil
figura del sillón.