4/5/14

CARTAS DE AMOR ENTRE MARTIN HEIDEGGER Y HANNAH ARENDT

Hannah Arendt y Martin Heidegger se conocieron en 1924 en la Universidad de Marburgo, donde él dictaba clases de filosofía. Fue entonces cuando comenzó una historia de amot que no hubiera resultado demasiado distinta de cualquier otro romance de no ser porque sus protagonistas se convirtieron –después- en dos de los más destacados pensadores de este siglo. Y también por otra cuestión, no menor: ella, nacida en una familia judía, se vio obligada a dejar Alemania mientras él se transformaba en un admirador de Hitler, en una Europa dominada por la barbarie nazi. Dicen que vestía el uniforme del partido y que iniciaba sus clases con el saludo romano. Diversos investigadores probaron, además, que se afilió al partido nazi y pagó con regularidad todas sus cuotas, que mantenía cordiales relaciones con Joseph Goebbels y Himmler y que colaboró en la cesantía de varios profesores judíos, muchos de ellos antiguos amigos suyos.

Carta de Hannah Arendt a Martin Heidegger
1929.

Querido Martin,
Habrás oído hablar probablemente ya de mí por otras fuentes al azar. Esto toma la ingenuidad del mensaje mío, pero no la confianza de nuestra reunión pasada en Heidelberg, una vez más nuevamente y gratificantemente consolidada.
Entonces vuelvo a tí hoy con la misma seguridad y con la misma petición: no te olvides de mí, y no te olvides de cuánto y cuán profundamente nuestro amor se ha convertido en la bendición de mi vida. Este conocimiento no se puede sacudir, no hoy, cuando, como salida de mi falta de inquietud, he encontrado un hogar y un sentido de pertenecer con alguien sobre quién usted puede ser que lo entienda mejor que todos. Oigo a menudo cosas sobre usted, pero siempre con esa reserva peculiar e indirectamente, que da simplemente hablar sobre un famoso nombre-que es algo que puedo reconocer apenas.
Y quisiera de hecho saber -casi tormentosamente, cómo estás, en que estás trabajando, y cómo Freiburg te está tratando.
Beso en la frente y los ojos
tu Hannah.

Carta de Heidegger a Hanna.

Queridísima! Gracias por tu carta. Si solamente pudiera decirte cómo soy feliz contigo, acompáñándote mientras tu vida y tu mundo se abren de nuevo. Apenas puedo ver cuánto has entendido y cómo todo es providencial. Nadie aprecia jamás cómo es la experimentación consigo mismo, por esa circusntancia, todos los compromisos, técnicas, moralización, escapismo, cierran nuestro crecimiento, inhibiendo y torciendo la providencia de Ser. Y esta distorsión gira en torno a cómo, a pesar de todos nuestros sustitutos para la "fe", no tenemos ninguna fe genuina en la existencia en sí misma y no entendemos cómo sostener cualquier cosa como ésa por nosotros mismos. Esta fe en la providencia no excusa nada, y no es un escape que me permita terminar conmigo de una manera fácil. Solamente esa fe -que como fe en el otro es amor- puede realmente aceptar al "otro" totalmente. Cuando veo que mi alegría en ti es grande y creciente, es que también tengo fe en todo lo que sea tu historia. No estoy erigiendo un ideal ni me estoy dejando caer en la tencación de educarte, o a cualquier cosa que se asemeja a eso. Por suerte, a ti -tal y como eres y seguirás siendo con tu historia- así es cómo te quiero. Sólo así es el amor fuerte para el futuro, y no sólo el placer efímero de un momento: sólo entonces es el potencial del otro también movido y consolidado para las crisis y las luchas que siempre se presentan. Pero tal fe también se guarda de emplear mal la confianza del otro en el amor. El amor que pueda ser feliz en el futuro es el amor que ha echado raíz. El efecto de la mujer y su ser es mucho más cercano a los orígenes para nosotros, menos transparentes, es más providencial, pero también más fundamental. Tenemos un efecto solamente en cuanto somos capaces de dar: si el regalo es aceptado siempre inmediatamente, o en su totalidad, es una cuestión de poca importancia. Y nosotros, cuanto mucho, sólo tenemos el derecho de existir si somos capaces de que nos importe. Nosotros podemos dar solamente lo que pedimos de nosotros mismos. Y es la profundidad con la cual yo mismo puedo buscar mi propio Ser, que determina la naturaleza de mi ser hacia otros. Y ese amor es la herencia gratificante de la existencia, que puede ser. Y así es que la nueva paz se desprende de tu rostro, el reflejo no de una felicidad que flota libremente,pero sí de la resolución y la bondad en las que tú eres enteramente tú.
Tu Martin.